Nos hemos puesto en marcha.

Nacer, crecer, reproducirse, morir. El ciclo de la vida.

Nacer, crecer, enamorarse, morir, volver a enamorarse, volver a morir, enamorarse, casarse, reproducirse, morir, resucitar, enamorarse, casarse, morir, resucitar, enamorarse, matar, morir, resucitar, enamorarse, casarse y vivir hasta que llegue nuevamente el tiempo de morir, esta vez definitivamente. Mi ciclo de la vida.

Cada etapa cuesta tiempo. Cada vez te cuesta mas y siempre al morir. El cielo en esos momentos nunca tiene un sol que alumbra y calienta. Y el pecho no tiene un corazón que lata, ni siquiera para ti. No ves mas allá de la penumbra de las cuatro paredes en donde en silencio, y en lágrimas, esperas el momento de la resurrección. Cuando ella sucede, tenue el sol brilla por el resquicio de la puerta, y quieres averiguar qué hay del otro lado. Te levantas como un enfermo que no ha puesto pie en el suelo por mucho tiempo. Tiemblas y te mareas. Pero finalmente abres esa puerta y entra la vida .

Al corazón le toma un poco mas de tiempo en empezar a latir. Pero finalmente lo hace. Y lo primero que haces es enamorarte de la vida. Y luego hay que enamorarse de uno mismo. Y así, cuando ya estas listo, levantas y mirada y seguro que ella está allí esperando. En algún lugar, esperando.

Y cuando la encuentras, te das cuenta que compartes mas de lo que crees, y te asombra mas que te asustas. Un pasado común de muchas y dolorosas muertes y otras tantas resurrecciones. Desorganizadas sucesiones de eventos vacíos que terminan en la fría soledad del desconsuelo. Atenuada solamente por las risas de nuestros hijos, que entienden de nuestras penas pero que no merecen vernos así. Puntos de contacto a lo largo de toda nuestras vidas: en el colegio, en algún trabajo, en la música que disfrutamos, en las mismas ciudades pero en diferentes eras, en las lenguas extranjeras que aprendimos. Casualidades que se remontan una generación o quizá mas.

Del anonimato de emociones en la computadora, pasamos a la calidez de un café. Del café a un cumpleaños. De un cumpleaños a un ramo de rosas. De unas rosas a un beso, no cualquier beso: el beso. De un beso a una cena. De una cena a un baile. De un baile a caminar de la mano a las 2 de la mañana por las calles vacías de Miraflores, Barranco y Santiago de Surco. De contarnos historias a pensar en como escribir la nuestra. De las ideas a los hechos. A nuestra primera casa juntos.

Pero aún así, sientes que la felicidad es demasiada. Y que no te mereces tanto. Entonces, después de andar itinerante por muchos lugares y de tener, a pesar de ello, tu vida en el camino correcto, decides ir a matar al dragón legendario. Dragón que solo existe en tu imaginación desbordante. Porque nada te empujaba a ello. Así que, en lugar de vivir, decides matar y morir. Te vistes de malo y te vas.

El tiempo transcurre sin detenerse. Y te despiertas una mañana, una de muchas mañanas, pensando otra vez en ella. Y miras por la ventana y sientes que ese sol que te alumbra, también la alumbra. Sientes que el viento que te acaricia el rostro sin merecerlo, susurra su nombre fuerte en ti y el eco de su nombre te persigue donde estés. Y que al llegar la noche, si tienes suerte y hay luna, esa luz acaricia tus mejillas como si fueran sus manos suaves y tiernas. Y no hay opción mas que cerrar los ojos y darte cuenta que no hay manos, solo vacío. Y si no hay luna, la oscuridad te ataca con las miles de lagrimas que ella derrama porque nunca encontró consuelo.

En tierras extrañas así como en propia tierra, imagino, todos me miran con desdén. Porque entienden que mi búsqueda es fútil y que sencillamente estoy buscando quimeras allende altamar. Y que mi búsqueda, así encontrare lo que busco, nunca compensará tu soledad, ni tu esperanza, ni tu lágrimas, ni tu dolor. Aún así, en mi forzado silencio, mi voz no puede dejar de decir tu nombre. Ni mis recuerdos cesan de día o de noche.

Y me agarré desesperado a ese hilo rojo que une nuestros corazones. Empecé a enrollar el hilo en mi mano buscando hallar el otro extremo. Porque a pesar de estar lejos y sin noticias, sabía que ese hilo no se había roto. Salí de la cárcel en la que me encerré para escapar de mi mismo y de mi vergüenza. Una cárcel en medio del mar de la nada. La orilla es lejana. El agua es fría. Pero la esperanza es grande. Dejo ir el lastre que no me deja nadar. Recuerdos y decepciones. Muero mientras alcanzo la tierra de la resurrección.

En tierra, libre ya de mis ataduras, grito tu nombre en voz alta. Escalo las montaña mas altas, las del orgullo y el miedo. Emprendo el camino de regreso. El hilo rojo sigue tenso y mantiene mi esperanza de encontrarte al otro lado. Llegando a casa, mucha gente no me reconoce. Y es que, sin encontrarte, no me hallo por completo.

Con miedo, toco a tu puerta. Las celosas herederas del castillo y tus fieles compañeras de penas no me dejan pasar. Y me advierten que me vaya. Que no estás. Que no regresarás. Pero mi corazón late desbocado y sabe que aún en el fin del mundo te buscará y te hallará. Y para allí parte. El camino no es fácil. Pero llega.

Nos reconocemos en la distancia. Nos miramos. No hablamos. Nos acercamos. En silencio, tu corazón triste y con miedo recibe de mis manos la madeja de hilo rojo que he ido tejiendo en forma de corazón. Las calles dejan de existir, las personas son solo sombras, los autos apenas son perceptibles. La vida se detiene. El mundo, paralizado; el universo, expectante. Mi vida está ahora en tus manos. Mi destino y mi próxima y definitiva muerte a una sola palabra.

Pero como aquella vez de las flores, en la que saltaste a darme un beso, repites la escena, en silencio. Un beso. Un beso decidió darme la vida y no la muerte. Un beso cambió nuevamente el destino de nuestras vidas. Nuestro camino es complicado. No es sencillo que olvides todo ese tiempo sola. Tienes preguntas, tienes reclamos, tienes miedos. Tengo respuestas, acepto lo que dices, y también tengo miedo. No es que dejamos la historia de nuestro amor y la retomamos en la misma página. Hubo que volver a escribir capítulos completos. Pero estábamos seguros que el amor era el mismo. Que a pesar de todo, se mantuvo firme. Que no olvidó por mas que intentaran que lo olvidáramos. Que de alguna forma otra vez nuestros caminos paralelos se encontraron para esta vez ser uno.

Tuve (y tuviste) que convencer a propios y a extraños que todo es verdadero. No puedo aun hablar con todos aquellos que te quieren y te protegen para decirles que esta vez es para siempre. Pero si puedo y si quiero demostrarles que es como siempre tuvo que ser.

Y llego el momento de vivir. Juntos. Otra vez juntos. A los cien años sumados, somos uno. Hemos vuelto a sonreír. Hemos vuelto a vivir. Hemos vuelto a escaparnos de madrugada a buscar tesoros. Hemos vuelto a cocinar. Hemos vuelto a tomar fotos. Hemos vuelto a acumular cachivaches. Hemos vuelto a las lecturas. Hemos vuelto a escribir. Hemos vuelto a convencer a los incrédulos que el amor si es posible. Hemos dicho que si, que aceptamos, hasta que la muerte, esta vez la definitiva, de la que no te puedes escapar, de la que no resucitas, llegue. Nos hemos puesto en marcha.


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Llega diciembre… En los años setenta

Cuando pequeño diciembre significaba tres cosas: que se terminaba el colegio y había que esperar tres meses para volver a tener un cuaderno en las manos más nuevos libros que leer y, que empezando enero la peregrinación a la playa empezaba, y con ella las subidas y bajadas de la Quebrada de Armendariz y por último, que llegaba navidad.

Si lo piensas detenidamente, para alguien que no jugaba en la calle, que prefería un buen libro para pasar el rato y a quien le encantaban las tareas del colegio, diciembre era bien aburrido.

Por otro lado, el verano oficialmente empezaba en enero y pues, se podría lidiar con el prospecto de subir y bajar a la playa a diario en unos días mas.

Pero de lo que no podías escapar era de la navidad.

Empezando octubre yo veía como mi mamá empezaba a trabajar extra. Empezaba a hacer mas negocios, mas ventas, mas cobranzas, mas quedarse hasta tarde en la noche ya sea cosiendo o bordando o haciendo muñecas o cardando rafia para individuales navideños. Mamá sí que trabajaba mas en navidad.

Antaño era costumbre mandar tarjetas de navidad a la familia y a los amigos. Mamá trabajó también vendiendo estas tarjetas. Las tarjetas estaban todas en un folder gordo, agrupadas por precio, por mensaje, por colores, por diseños. Letras de oro, plata, ébano. Churriguerescos ángeles, estrellas de Belén, pastores, San José con María la virgen y Jesús niño. Me imagino que mamá caminaba mucho con el folder bajo el brazo, primero porque no teníamos auto (un lujo para la época y el sueldo de papá), después porque había que tomar buses para ir de un sitio a otro a vender. Ir de regreso a la imprenta, hacer el pedido, regresar a recoger el pedido y luego a entregar el pedido. Entonces ya tenemos la primera idea: navidad igual trabajo.

Navidad también era el tiempo en el que papá trabajaba mas. Porque la verdad es que lo veía menos. Que yo haya sabido a él no le gustaban las tarjetas de navidad porque nunca lo vi yendo con mamá a venderlas, o a entregarlas. Supongo que trabajaba más porque ese era el tiempo en que tenía mas guardias nocturnas. Me imagino que siendo militar era un deber que cumplir. Y también creo que trabajaba más porque mamá esperaba que nos durmieramos para discutir con papá sobre su trabajo: ¿dónde había estado?, ¿dónde se iba el dinero? ¿con qué se podía comprar algún regalo para nosotros?. Entonces si ya tenía la idea de que navidad era igual a trabajo, la siguiente idea era que navidad igual a discusiones.

Por eso, desde siempre supe que eso de Santa Claus o Papá Noel era un cuento para que nos portáramos bien y que simplemente el esfuerzo de mamá y de papá se traducía en regalos, no digo juguetes, porque a veces era mas importante tener ropa que tener un carrito o una bicicleta con que jugar.

En casa, navidad tampoco significaba tiempo de armar el árbol. Es cierto que teníamos arbolito de navidad. Pero a mi me gustaba pasar el tiempo tratando de armar el Belén o nacimiento navideño. Mamá era de la idea que cada año tenía que aumentar algo al nacimiento así que siempre había aunque sea un detalle del año anterior. Entre lo que recuerdo eran los habitantes del nacimiento estaban las figuras de los patitos de plástico en su estanque de espejo, las muñecas cantoras con cuerpo de cartón y cara de plástico -seis en total una vestida de rojo y las otras de verde navidad-, ovejas o carneros, animalitos de la granja como pavos, chanchitos, vacas, conejos, y un gallo gigante que era el que cantaba cada mañana.

Para armar el nacimiento había que pensar primero dónde (en qué esquina) y cómo (usando una mesa o cajas) se podía poner para que el cerro de papel pintado, que podía ser de una bolsa de azúcar o una bolsa de cemento yura de 50Kg, tuviera las suficientes superficies planas para el establo y las superficies rugosas para el resto de animales.

Todos los habitantes estaban reposando once meses en sus respectivas cajas las cuales, llegado el momento, se tenían que desempolvar y tratar con mucho cuidado para que no se rompa el contenido. Y la discusión con mi hermanita era por saber si ella o yo poníamos el gallo o la estrella en el establo o en la punta del cerro mas alto. Para este momento navidad era igual a trabajar en equipo.

En los tiempos buenos llegaba el panetón. Ese dulce pan con pasas y frutas confitadas. Pan de engordar, acompañado de leche con café o chocolate en taza. Con mantequilla. ¿Cuál era el mejor? Creo que no había mucho de donde escoger: O Motta o D’Onofrio. Ambos en caja, como manda la tradición. Ya desde ese entonces me preguntaba porque si ya empezaba a hacer calor en Lima teníamos que beber chocolate caliente. Porque Papá Noel se tenía que vestir con esas ropas rojas, gruesas con piel si en Lima hacía tanto calor. ¿Se sacaba la chaqueta para ir a la Selva?… Hasta que pues, si no existe, porque me preocupo mas. A veces había que esperar tiempo extra para poder tener un panetón en casa. Una semana antes de navidad ya era bastante bueno. A veces el panetón estaba presidiendo todas los lonches de media tarde sentado en lo alto del refrigerador esperando que llegue la cena de navidad para sentarse a la mesa con nosotros. Navidad también era entonces esperar con paciencia. Y eso que durante esos años no hacíamos la corona de adviento, en la que cuatro semanas antes de navidad ya se anuncia el nacimiento de Jesús. Esa es otra historia de tiempos presentes.

Conforme llegaba la fecha el ambiente se sentia mas “navideño”. Las personas en las calles parecían más amables. Las señoras vendedoras del mercado hasta te regalaban un poco mas de yapa en las compras. Los que dejaban la leche en las mañanas en la puerta de la casa, solo dos botellas por favor, no hacían tanto ruido. Los basureros venian mas limpios, quizá esperando ese regalo de ropas o un juguete no tan usado para sus hijos, tocando el triángulo de metal que anunciaba su llegada de manera festiva. Se compartía mas que una sonrisa. Una semana antes de navidad o quizá un poco antes, mamá nos sentaba y nos decía quien era el invitado de navidad. Siempre trataba de invitar a quien tal vez estaba solo, a quien la situación económica no lo habia ayudado mucho ese año. Siempre tenía un regalito con su nombre aunque sea una cosa muy pequeña. Y siempre nos decía que navidad es compartir. Asi sea que compartas tu alegría para que el otro pueda sonreír. Otra idea de diciembre es que Navidad es igual a compartir. No como ahora, que parece que todo se ha convertido en comprar desquiciadamente para regalar y que esos regalos son lo que significan compartir.

Algún año hubo en que no había cena en casa y éramos nosotros lo que estábamos invitados a cenar en otro lado. Muchos mas años no hubo juguetes pero si ropa. Un par de años papá no estuvo en la cena navideña y mamá estuvo muy triste y nosotros también. Otro año pasamos la navidad en una base militar. La noche de navidad fue esperar las doce para despertar al niño en el pesebre, para tomarnos de la mano y orar juntos. Para que papá cantara el único villancico que sabía: a la huachi huachi torito, torito del portalito. Pudo faltar todo o tener de todo, pero siempre y por encima de problemas y alegrías, navidad fue – y para mi sigue siendo- Jesús.

Navidad podía ser entonces sentirse acogido, sentirse rico sabiéndose amado, sentirse triste también, pero nunca solo. Porque el trabajo, las discusiones, la unidad del equipo, la espera, el compartir, la tristeza, la alegría, todo es parte de la navidad. Es parte de estar vivo. Temprano aprendí que lo importante no era que tan grande sea el nacimiento ni que tantas luces tenga el árbol, tampoco que tan grande sea el pavo o cuantos panetones tengas en la alacena. Ni es importante si recibiste uno, diez o ningún regalo. Lo importante es sentirse bien con uno mismo. Es estar vivo y sentirse vivo. Y entender que si no fuera porque hace muchos años nació Jesús en Belén, para nuestra salvación, no tendría mucho sentido diciembre. Puede que no creas en un Dios. Puede que creas en alguna forma de divinidad y está bien. Lo importante es que si aprendiste a compartir, siendo rico o pobre, tu corazón te lo va a agradecer y los demás también. Como yo agradezco a mamá y a papá lo que me enseñaron sin saber que me enseñaban desde el corazón.

Empieza diciembre… ¿qué vas a hacer en este mes?

Declaraciones (de amor, entre otras cosas…)

A mamá puedo decirle te amo, porque es mamá

Cuando ya estás por la mitad del camino andado a veces te detienes para ver atrás y recordar aquellas partes donde muchas veces te esperaba sentado el amor, leyendo cartas. 

 

Siempre fui tímido. O al menos, fui tímido durante una gran parte de mi niñez, adolescencia y juventud. Por lo mismo, me era mas fácil leer y leer y leer muchos libros, escribir muchas historias y memorizar tantas canciones (sobre todo boleros) y recordar muchas melodías (mas que otras el jazz) .

Ahora, ser tímido no significa que no interactuara con persona alguna, que no tuviera amigos (que los tenía) y tampoco que no pudiera enamorarme de alguien. Lo que traía consigo era una enorme dificultad para poder decirle a esa persona, dueña de mis suspiros, mis sentimientos cara a cara.


La primera vez que me tuve que plantar frente a alguien a decirle que me gustaba fue como a las 12 años.

En realidad no lo tuve que decir. Empezó como un juego en el salón de clases. Sentadas cuatro personas al final de la fila en el susodicho salón, una hora antes del recreo del mediodía y sin tener mas tareas por completar, empezamos a jugar a las preguntas:

– ¿Qué es lo que te gusta mas comer?

Arroz con pollo

– ¿Cuál es tu color favorito?

Azul

– ¿Tienes mascotas?

No

– ¿Cómo se llama tu mejor amigo?

Fernando.

– ¿Te gusta alguien del salón?

Si

– ¿Cómo se llama?

ehhhh

Y ya yo sentia como el calor en mi cara iba en aumento. Lo que significaba que me estaba poniendo colorado como un tomate maduro.

– Ya pues… ¿cómo se llama?

Nada. Silencio.

Y como las niñas son mas despiertas que los niños a esa edad decidieron una aproximación menos directa

– ¿En que fila se sienta?

En la tercera

– ¿En la tercera adelante o atras?

Atras

De un golpe habian descartado de los treinta y dos del salon a veintiocho, y sólo quedaban dos opciones: o me gustaba la niña que estaba preguntado, o me gustaba la niña que no estaba preguntando. Lo que hizo las cosas mas faciles fue que la que preguntaba ya habia dicho que esta de enamorada con alguien por lo que mi última respuesta fue como si gritara el nombre de quien me gustaba.

Estando mas grande ya no podía esperar jugar a las preguntas. Asi que en las tardes o en las noches  luego de hacer todas mis tareas, me ponía a escribirle cartas a la chica de mis sueños. Claro que tenía nombre y apellido. Y claro que estudiabamos juntos en el colegio. Pero cuando ya no teniamos que hablar de matemáticas ni de lenguaje, y me empezaba a poner rojo (y mudo) otra vez, se terminaba la magia. Me imagino, ahora en retrospectiva, que esas debieron ser las cartas mas cursis de la historia… claro, con doce, trece o catorce años y la cabeza llena de Vallejo, Neruda, Mistral, Chocano, Heraud el producto final debio ser pues una Cantinflada amorosa. Cartas que nunca fueron enviadas a su destinatario. Cartas cuyas respuestas solo existian en mi imaginacion. Cartas que ahora moran en el rincón de los poetas muertos.

Luego se puso mejor cuando, por las vueltas de la vida, a papá lo mandaron al extranjero y con él partimos todos. Ahora había aprendido un idioma nuevo. el idioma que dicen todos, es el idioma del amor: ¡francés!.


Algo tiene que tener ese idioma porque durante un año pude mantener conversaciones con muchas francesas, españolas, iranies y venezolanas sin tener verguenza ni la cara colorada. Y claro que me fue bien ese año también. Aprendí cosas nuevas, aprendí a valorar mucho mas a mis padres, aprendí a que si quieres algo tienes que esforzarte por conseguirlo, y aprendí a que puedes tener un amor adolescente que te prepara para lo mejor que viene después. Digamos que gracias a los aires parisinos, la declaración de amor no tuvo nada de tinta y papel pero si mucho de saber que solo duraría unos meses. Un acuerdo tácito entre dos personas que no son responsables de sus destinos y que saben que estarán donde sea que sus padres los lleven. Ella se fue primero, yo me fui después. Sólo quedó la música en forma de guitarra, pero eso también partiría a otros rumbos.

De regreso en tierras incas, este joven enamoradizo, vuelve a las andadas. Siguió escribiendo terminando el colegio cartas mas largas, con mas sentimientos, con mas deseos de amar, pero con la misma voluntad para entregarlas… o sea ninguna. También pude escribir por encargo. Nunca hubiera creido que podía haberlo hecho, pero las cosas resultaron de esa forma. Y bueno, escribir es escribir, aunque nunca pregunté el destino de esas misivas por encargo. Yo creo que muchas de ellas llegaron a destino. Es bueno saber que, en algun momento del tiempo, algunas letras formaron palabras y estas palabras movieron el corazón de algunas personas, que luego se amaron.

Ya han pasado varios años luego de la aventura europea y ahora, ya en la universidad, empieza a darse cuenta que está enamorado de alguien que está en el colegio (en el ultimo año, para los que quieran saber), que tiene un padre celosísimo y que, encima de todo ello, vive en un pais con toque de queda. Mmm. Pues a volver a escribir. Y en las noches, a partir de las 10:00 PM, empezaba mi periplo de aprendiz de escritor. Cartas largas, cartas cortas, cartas que parecian hojas de un diario personal, cartas que al final nunca llegaron a destino. Alguna vez, después de mas de tres lustros de estar guardadas vieron la luz nuevamente. Se desempolvaron de un viejo cajón en una mudanza y trajeron recuerdos de épocas en las que, a pesar de la turbulencia politica y económica que vivia el país, la vida era mucho mas sencilla. Y puedo decir que la amistad tiene formas de viajar en el tiempo.

Mas años, mas universidad, mas cartas. Un diario que empecé a escribir mucho tiempo ahora era guardian de esas misivas. Algunas escritas a mi mismo, cartas escritas a ella o ellas. Una sola de ellas fue enviada a través de un mensajero personal. Llegó a destino pero no tuvo respuesta. Asi empecé a entender que para poder declarar algo, tiene que salir de tu boca y para que sea sincero, tiene que salir de tu corazón.

Al principio no fue facil. Pero, vistas las cosas desde la perspectiva que te da la experiencia, creo que fue lo mejor que pude hacer. Cambiar cartas por conversaciones. Largas y profundas. Algunas cortas y tristes. Otras llenas de esperanza. Todas con mucho sentimiento. Se aprende de esta forma a ser empático. Se aprende a sentir, y también se aprende a superar el sufrir. Se aprende a escuchar, se aprende a entender.

Aún queda camino por recorrer… muchas cartas que escribir y mucho mas por hacer, y por decir. 


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