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Me desperté esa noche pensando en ti. Es mas creo que no fue que desperté. Fue que no pude conciliar el sueño pensando en ti.

La tarde anterior había planeado todo lo que iba a hacer. Al pie de la letra se tenía que hacer para que resulte perfecto.

Primero lo primero. Papá me dijo que la presencia era importante. Asi que le pedí a mamá que por favor planchara esa camisa celeste. Nunca recuerdo haber visto a mi padre tan animado como el fin de semana pasado, cuando por fin tomé valor y le dije que me prestara unos soles, que iba a visitarte y necesitaba llevar un sencillo ¿para la gaseosa al menos no?.  Y nunca tan nerviosa a mamá cuando le dije que te iría a ver hasta Chorrillos. ¡Pero hijo! ¿Por qué tan lejos?. El pantalón no sería problema porque mis nuevos jeans Bronco pasaban piola. Los zapatos, hmmm, bueno, un poco de Nugget y listo. Si no, las zapatillas, pero mejor los zapatos.

Raro que haya tenido todo listo a las once de la mañana cuando no pensaba ir hasta pasadas las tres a verte.

Segundo. Un buen baño. Revisemos: shampoo, jabón, toalla, calzoncillos, medias. ¿Bibidí? No pues… eso no iba a verse bien si tenía que dejarme el primer botón de la camisa abierto. ¡No, eso no va! Al cajón de regreso. Desodorante, el de bolita ¡ja! y perfume. ¡Caray! no había pensado en eso. Pero bueno, papá tiene un Old Spice regalo del día del padre, así que no creo que se percate si me presta un poco. Ahora que hablamos de hombre a hombre.

– Hijo, ¡apúrate para el almuerzo! ¿Qué tanto te arreglas en ese espejo? ¡Se enfrían las lentejas!

Palabras de mamá, que con una sonrisa a medias trataba de esconder la alegría de ver a su hijo preparándose para su primera cita.

Tercero. Tienes que aprender la ruta, no sea que aparezcas en San Isidro, cuando querías ir a Chorrillos. A ver, salgo a la Tomas Marsano y tomo el Venegas. Me bajo en la Plaza Butter. Camino hasta la avenida y tomo el que dice Las Delicias y me bajo en el Bazar del Ejercito. El otro día me comentaron que podía ir caminando por atras de la base y que salia directo a Surco, o que cruzando las chacras podía llegar, pero eso sería para otra ocasion. Mejor a lo seguro.

Cuarto. Un hombre tiene que tener peine, papeles, pañuelo, plata. Las 4P. Asi que metí mi peine en el bolsillo de atrás junto con el pañuelo. ¿Papeles? Bueno, mi carnet escolar. No sé si serviría el carnet de la biblioteca central, pero al menos hacía bulto. La plata en el bolsillo delantero. “No subas a los micros llenos, que los choros te bolsiquean facil si te ven descuidado” Esta bien pá. Gracias por el dato.

– Chau má. Ya vengo
– Ven y dale un beso a tu madre malcriado.
– Ya voy má.
– ¿A que hora regresas? ¿Ya saben que vas? ¿Con quién vas a estar? Ten cuidado…
– Má
– Regresa temprano. No te demores por gusto…
– Má.

Ya no le dí tiempo para más. Creo que el olor del Old Spice de papá la mareó un poco y se quedó sin preguntas.

Ni recuerdo el viaje… Solo que al llegar al Bazar del Ejercito pedí bajar en el paradero.

¿Y ahora?. Solo había venido una vez para acá y recordaba que las calles eran letras y números. Y que había visto en tu memorandum escolar los datos de tu dirección. Un temblor frío recorre mis piernas y me pongo en marcha. Llego al parque y me siento un rato en la banca para tomar valor. Me paro y me vuelvo a sentar. ¿Qué me dirá? ¿Qué le diré? ¿Le invito la gaseosa de arranque, o espero a ver que pasa?

Ahora sí. Voy siguiendo la numeración de las calles. Tengo la sensación que ya pasé por acá…

Después de dar dos vueltas a la cuadra, y pasar por tu acera y la de enfrente, y de chequear bien tu dirección en la puerta dos veces, y de darme nuevamente ánimo, toco a tu puerta.

– Si buenas tardes jóven.
– Señor, buenas tardes. Mi nombre es C y pasaba a saludar a su hija M. Le puede avisar por favor.
– ¡No está!
– … ehhhh, ¿no está?
– No jóven no está. Y la próxima vez me avisa antes cuando va a regresar para hablar con ella.
– Este, si señor. Claro. Si. Pero…
– ¿Algo mas?

Levanté la vista y vi tu mirada desde la puerta entreabierta de la cocina. Tus mejillas rojas de la vergüenza, al igual que las mias.

– ¿Algo mas jóven?
– No, no, muchas gracias señor. Disculpe la molestia.

Cabe decir que no recuperé mi respiración hasta llegar nuevamente al parque. Entre todas las alternativas que me había imaginado, la de tu padre en la puerta como un cancerbero era la única que no pensé.

No fue una derrota, al menos, pude verte unos instantes tras la puerta. La próxima vez juro que te aviso antes.

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