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Mi búsqueda de la felicidad suele empezar por la mañana. El solo hecho de despertar y saber que aún estoy vivo es un motivo para ser feliz. Pero no basta.

Disfrutar de una ducha de agua tibia, sintiendo como mi piel revive al contacto del agua refrescante es otro motivo para sentirme feliz. Pero no basta.

Sentir el aroma del café recién pasado, beberlo en sorbos prolongados disfrutando el amargo sabor, complementa la felicidad del despertar. Pero no basta.

Si es un día de semana, poder contar con un trabajo que me agrade, y al que me dirija contento sentado al volante de mi auto, es ser feliz. Pero no basta.

Poder disfrutar de un buen almuerzo al comenzar la tarde. Sentir como se recuperan las energías para completar la jornada, es motivo para ser feliz. Pero no basta.

Regresar del trabajo a mi casa, lugar en el cual no voy a pasar frío, y que me protege de la inclemencia del clima, también me hace feliz. Pero no basta.

Encender las luces y vencer la oscuridad que me rodea. Mirar en la televisión alguna serie que me guste y reír, me pone de buen humor y soy feliz. Pero no basta.

Ir al refrigerador y tener comida disponible para calmar mi hambre nocturno me alegra. Pero no basta.

Algo falta en todo esta búsqueda de la felicidad.

Y es que durante todo el día sólo pensé en mi, en lo que tengo, en lo que me gusta, en lo que me conforta. Pero definitivamente no pensé en tí.

No pensé en ese niño que no tiene un lugar fijo donde despertar y al que el nuevo día es sinónimo de mas trabajos, sufrimientos, tristezas.

No pensé en aquel anciano que no tiene qué llevarse a la boca hace varios días.

No me acordé de los miles de personas, responsables de familias, que no tienen trabajo. Ni en los miles de niños que trabajaran hoy para llevar un sencillo a casa cuando deberían estar estudiando.

Ni tampoco en aquella madre que no almorzará hoy porque lo único que consiguió en el mercado se lo va a repartir entre sus cuatro hijos hambrientos.

Tampoco en el hombre que junto a sus hijos acomoda las esteras y los plásticos que las cubren para pasar la noche y evitar que el viento helado les cale hasta los huesos.

Menos en el niño que enciende la última vela disponible en casa para terminar con sus deberes escolares.

Ni en los mendigos de las calles que esta noche volverán a dormir sin haber cenado.

Vana es mi búsqueda de la felicidad cuando no me entrego al otro. Vana es mi sensación de alegría cuando por una de mis sonrisas hay millones de lágrimas.

¿Qué estoy haciendo? ¿Qué haré mañana al despertar? ¿Seguiré disfrutando de mi “felicidad”? … Si solo pudiera hacer a uno de ellos feliz, creo que en ese momento recién sería realmente feliz.

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