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Acabo de revisar la última anotación en mi diario:
“… y estoy seguro que ella también siente lo mismo por mi.”

Todo este tiempo hemos compartido conversaciones en clase, algunos recreos juntos sentados en las escaleras, la he acompañado varias veces a la salida hasta su casa. Yo creo que si… que ella también siente lo mismo que yo.

Es difícil de decir como suceden las cosas. Resulta que un libro suyo de inglés se le había extraviado en el salón y me puse a averiguar que había pasado. Alguien lo había tomado por error. Solo era una confusión entre mas de 40 libros iguales. Alguien tomo el que no le correspondía.

Sin embargo, después de “encontrar” su libro, después de ese día comenzamos a ser amigos. Me había convertido en una especie de detective.

Para que mentir si todo este mes he estado en la gloria. Llego a mi casa y no puedo hacer nada mas que pensar en ella. Pienso en su sonrisa y la logro escuchar, pienso en su mirada y he aquí que sus ojos me están mirando, pienso y sonrío solo. Quiero que pasen rápido las horas para que sea mañana y poder verla de nuevo al llegar al colegio.

Comenzamos a hablar de cosas intrascendentes. Del profesor de matemáticas y su graciosa forma de hablar. De lo estricta de la profesora de lenguaje. De las bromas que se gasta el profesor de historia universal. Me siento tan a gusto con ella.

A veces me gustaría vivir mas cerca. Porque tendría que inventarme menos motivos para salir de casa por las noches y cruzar toda la villa para ir a verla. Y es que estas clases de francés no me dejan mucho tiempo para visitarla. Porque quizá solo con asomarme a la ventana podría verla.

Somos amigos. La semana pasada cuando llegamos del colegio hasta su mamá me invitó un vaso de limonada. ¿Entonces, puede ser que seamos mas que amigos no? Lo único que no me gustó fue escuchar a su hermano decir que Paniagua había venido a buscarla varias veces. Paniagua, ¿que tendría que hacer él en su casa?

Esta semana comenzó bien. Nuestro jefe de aula decidió hacer algunos cambios en la ubicación de los escritorios en clase y ahora ya no se sienta tan adelante en la misma columna, sino que estamos casi en la misma fila a una columna de distancia… Así puedo verla mejor.

Lo que no me gustó fue ver nuevamente a Paniagua a la hora del recreo en la puerta del salón esperando que ella saliera… ¿porqué?

Bueno, ya faltan minutos para el refrigerio. Mis manos están temblando y mi cabeza no está en lo que dice el profesor de biología, sino en lo que voy a decirle en unos minutos. En mi mochila tengo el regalo que le compré ayer por la tarde. Algo que sé que le gusta: ¡unos chocolates! Se los pienso regalar en un momento.

El timbre me saca de mis ensueños y le pregunto si quiere almorzar conmigo. Me mira con esa sonrisa que solo ella tiene y me dice que esta bien, que tiene una buena noticia que contarme.

Voy por mi mochila y la alcanzo en las escaleras. La miro y le digo:
-Tengo algo que decirte, algo muy importante…
-¡Yo también! me interrumpe. Y se ríe, Y en sus ojos se nota que está feliz.
– Tu eres mi mejor amigo me dice, y quiero que sepas primero lo que me ha pasado.
– Claro, te escucho.
– Hoy por la mañana, al salir al primer recreo, ¡Paniagua se me declaró!
– ¿Eh?
– Y le dije que sí. Me dijo que toda semana por las tardes que me iba a ver a casa para conversar han sido ….

Yo dejé de escuchar lo que me decía en ese momento… hasta mi corazón dejó de latir, por primera vez.

No recuerdo que mas pasó ese día en el colegio.

Solo sé que ahora, esta noche, luego de revisar la última anotación en mi diario, sé que yo estaba completamente equivocado.

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