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Mirando en retrospectiva no recuerdo bien cómo fue que comenzamos a hablar.

Quizá fue que nos tocó compartir lugares contiguos en la ultima fila del salón de clases; o a lo mejor que tuvimos que realizar algún trabajo grupal.

Sea como fuere, ese fue el inicio de grandes momentos juntos. Primero tímidamente nos buscamos en un recreo para compartir un paquete de galletas Margaritas. A ese primer paquete siguieron miradas en el salón, sonrisas en la fila antes de entrar al salón, y por fin, largos paseos en el refrigerio.

Me preguntaste por mi nombre y el origen del mismo. Y empecé a contarte la historia que se originó en Roma y que pasó de ser un apodo a ser sinónimo de emperador. Te reíste largamente cuando finalicé mi muy científica explicación y simplemente me dijiste: “pero lo único que quería saber era el porqué tus papás escogieron ese nombre”. Al pasar del tiempo no podías dejar de recordarme que siempre le buscaba la lógica a todas las respuestas y no podía ser mas directo. Y siempre te reías de mi por eso.

Ya no buscábamos estar en compañía de nuestros amigos. Ahora queríamos caminar solos. Me tomaste por primera vez del brazo al salir una tarde diciéndome que por primera vez un chico siempre se ponía del lado externo de la acera al caminar contigo, como los antiguos caballeros. Y yo, solo pude balbucear en medio de mi agitación – y mi cara roja como tomate – que siempre serías mi dama o algo así.

Cuando por fin me instalaron el teléfono en casa, la primera llamada que hice fue a tu número. Y claro, fue la primera vez que me colgaron el teléfono… y es que no me avisaste que tu papá era muy celoso.

Momentos que no se pueden olvidar mi querida Magdalene.

Nos peleamos, nos amistamos, nos volvimos a pelear y nos volvimos a amistar. Puedo ver ahora que compartíamos de esas amistades puras de juventud. Una amistad sin malicia, sin maldad, sin doble sentido.

Compartimos mas en confianza de tus problemas en casa y de las peleas con tus hermanos. De mis problemas en casa y de las peleas con mi hermana. Al final llegué a enojarme tanto con ellos como tu lo estabas con la mía. De que te gustaba el té como a mi me gustaba el café. De que la Royal Crown Cola era mas dulce que la Coca Cola. De que no te gustaban los animales. De lo feliz que fuiste cuando conseguiste un casette original de Queen. De lo mal que te sentiste cuando por error alguien en tu casa borró parte de Radio Ga Ga. De la risa que te dió saber que había pasado toda una semana pegado en la radio esperando que pasaran esa canción sin comerciales para poderla grabar para tí…

Pero así como comenzó nuestra amistad sin saber cómo, terminó también. Mi último recuerdo tuyo es verte con una camisa vaquera roja a cuadros y unos jeans. Estabas preciosa.

¿Por qué crees que una amistad tan bonita se terminó así tan derrepente?

Yo tengo una explicación que en ahora en el tiempo pueda que sea razonable: yo me enamoré de ti, y tu de mi. Y preferimos que el recuerdo de nuestra amistad sea mas fuerte que el recuerdo de un probable amor.

Si no fuera así, difícilmente podría estar escribiéndote esta carta como un regalo para tu cumpleaños por venir. A lo mejor en donde quiera que te encuentres la puedes leer y sonreír al recordar por unos instantes lo bien que la pasamos y lo maravilloso que es compartir con alguien una parte del camino.

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