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– Un minuto mas…
– No. Mira que mi papa ya pasó mirando el reloj de la sala por segunda vez. Tu sabes que la próxima tose y yo voy a tener problemas
– Ya esta bien pero terminamos de escuchar esta canción y me voy

Y así juntitos, frente a frente y en silencio nos quedamos mirando el equipo de sonido.

Te tomé la mano despacio y llevándola de mi pecho a mis labios, lentamente le dí un beso…

– ¡Hija, mira la hora que es! Jovencito ya es tarde, escuché decir desde el pasillo.
La verdad es que ni siquiera llegaban las agujas a marcar las diez de la noche, pero sabía que esa era la hora limite.

– Está bien don R, ¿cómo pasa rápido el tiempo verdad?
(Y el eco de mi voz en el pasillo me respondió)

– Te lo dije… Ahora que te vayas me va a decir que como permito que estés tan tarde, etc., etc., etc.
– No te enojes y acompáñame a la puerta.
– Pero ni creas que te voy a dar un beso.
– Uno solito ¿unito?

Tu yo queríamos que el tiempo pase lento, muy lento. Y estirábamos los minutos de muchas formas, caminábamos despacio camino a la puerta, muy despacio. Tomados de la mano, fuerte. Muy fuerte.

Nuestras miradas decían mas que nuestras palabras.

– ¿Sabes que no me quiero ir verdad?
– Si y yo tampoco quiero que te vayas.

Y me diste un abrazo, de esos tiernos abrazos tuyos que aún ahora en la distancia y en el tiempo calientan las frías mañanas limeñas.

Y te dí un beso, uno solito… unito.

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