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Una de las primeras cosas que todo hombre debería aprender desde niño es a bailar.

Remontémonos 40 años en el pasado. Gobierno militar. No habia mucho de donde escoger en las radios, que no sea música andina o música criolla (tardes interminables de un programa llamado Peru Setentaialgo). Podías aprender a bailar marinera o un valsecito criollo. Pero yo quería aprender a bailar de una música llamada Go-Go. De donde sabia yo que existia eso? No tengo ni la mas remota idea.

Hasta que una tarde, mamá nos dice que tenemos una matiné en Surquillo, en casa de Walter (que era unos meses mayor que yo). Aburrido. Fue lo primero que pensé. Y es que estaba cansado del Tio Jhonny y de una tal Mirtha Patiño.

¡Llegamos! Un ambiente formalito. Niños a la derecha. Niñas a la izquierda. En la mesa muchos dulces que ahora ya ni existen: monterricos, picolines, dos en uno, frunas. Y de fondo la música que sonaba en un equipo portatil de discos de vinilo.

Podrían haber pasado 5 o 50 minutos y ya estaba yo pegado buscando los discos que queria oir. Pero no fue hasta que llego la niña del vestido amarillo con un estuche bajo el brazo que empecé a prestar atención. Con la sabiduria que te dan los 6 años saco el 45, le pasó la mota antipolvo, colocó el adaptador en el equipo (que los discos de 45 tienen el agujero mas grande oiga), puso el disco, levanto la aguja y la poso suavemente en las finas ranuras. Go-Go

Todo lo demas paso demasiado rapido. Se volteó y sin mediar palabra me solto: ¿bailas conmigo?

No. No pude. Rojo como un tomate me di vuelta y busque la excusa de una gelatina o algo asi. No sabía bailar aunque me hubiera gustado hacerlo.

Tuvieron que pasar algunos años para intentarlo de nuevo…

Cumplo 12 años. Por primera vez podía invitar a los amigos que yo quisiera y no los que mi mamá escogía. Lista de invitados, programación, planificación, detalles. Toda una lista de cotejo.

Pero había un problema. Dudaba mucho que a mis amigos les guste la misma música que yo escuchaba: Bienvenido Granda, Rolando LaSerie, Daniel Santos, Olga Guillot, Pedro Infante, Jorge Negrete, Agustín Lara. Héctor Lavoe, La Fania AllStars, Frankie Ruiz, Cheo Feliciano, Ismael Rivera. Frank Sinatra, Ray Charles, Sammy Davis Jr, Dean Martin, Glen Miller, Satchmo, Duke Ellington.

Ni modo, les dije que trajeran sus discos (que aun no tenia yo un tocacasette)

Todos sentados, yo poniendo música rara, hasta que llego ella. Para variar venía linda con sus colitas y ese cabello color indefinible entre castaño y dorado. Y con su paquete de LP’s bajo el brazo. Me relevó de mi deber de “cuidar” la radiola, como llamaba papá al equipo de sonido. Y empezó a poner “su” música.

Y no fui advertido, hasta cuando fue demasiado tarde… Cumbia. Y nuevamente la pregunta ¿bailas conmigo?

No podía negarme. Era mi cumpleaños, todos me miraban. Estaba en medio de la sala. Mi mamá con una mirada cómplice desde la puerta (junto con otras mamás que no sé de donde aparecieron). Mas pudo el orgullo que la vergüenza. Y mi primera cumbia bailada con la cara mas roja que un tomate. No me pregunten como lo hice porque hasta ahora no se como sobreviví a esa experiencia.

Al menos, escuché por allí, el chico tiene ritmo. ¡No todo podía ser libros! ¡Ufffff!

Conforme el tiempo pasaba pues perdía el miedo al baile, pero no a las chicas. O sea, podía bailar si tenía que hacerlo, pero me tomaba tiempo cruzar la sala, ir hasta donde estaban las chicas, pedirles con voz clara ¿bailas conmigo? y llevarlas al medio del salón. Eso si, nunca necesite “calentarme” antes con un trago para poder bailar. Porque, si te quieres divertir ¿cómo lo vas a hacer borracho?

Pasaron los quinceañeros, las fiestas de promoción. Cada etapa era aprender y aprender. He bailado, he zapateado, he saltado (cada baile mas raro que otro que nos trae la moda), he bailado solo, en pareja y en manada (como con El Meneíto). Rock, salsa, merengue, bachata, lambada, pop, baladas, boleros… y aun me falta tanto por aprender… No, no bailo bien. Pero al menos llevo el ritmo.

Por un tiempo, deje de bailar. Porque a veces, las ganas nacen de hacerlo nacen de como se encuentre tu corazón. Y crees que las cosas deben ser así. Y te acostumbras a algo que no es. Cuando hay dolor no hay forma que puedas bailar.

Pero he aquí que luego de tantas lunas, una noche en el lugar menos aparente, en un bar donde solo estábamos ella y yo en una mesa tomando Coca Cola y perdidos en nuestras miradas interminables de alma; la música empezó a sonar y a llenar los espacios de la cual había sido desalojada. Me puse de pie como si fuera la primera vez, sentí que cruce toda la sala caminando con la cabeza bien derecha y a paso firme, la tomé de la mano y le dije ¿bailas conmigo?

Siento que pasamos horas bailando. Bailando juntitos en un cuadrado pequeñito, que esa era toda nuestra pista de baile. Descubriendo que todo lo que me había pasado desde la primera vez que me sacaron a bailar Go-Go era una preparación para este momento sublime.

La música se fue esfumando, se acabaron las Coca Cola, pero nuestros corazones han seguido desde entonces bailando juntos, muy juntos…

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