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Y he aquí que la pregunta brota de mis labios a una edad en la que casi todos mis amigos tienen ya una enamorada.

Yo sé que pasaste por mi puerta una noche en la que no dormía. Reconocí tu paso al recordar su aroma, ese perfume suave impregnado en el cabello; al recordar su sonrisa tímida; al recordar esos ojos (que ahora en la distancia y el tiempo los imagino pardos o verdes o azules) que me miraron primero furtivamente y luego sostuvieron mi mirada; al recordar su voz en la presentación ante toda la clase: me llamo Diana y tengo 12 años…

Reconozco que me atrapaste completamente, pero ¿porqué no la fuiste a buscar esa misma noche para decirle lo que habías hecho conmigo? ¿Para decirle que me había enamorado perdidamente? Mal Cupido, muy mal te comportaste conmigo.

Te llamaba antes de cada “visita” que le hacía. Claro, aguardaba por ti para ver si tocabas la puerta conmigo y siempre te escondiste y nunca quisiste venir. Y yo esperando tu llegada, pasaba una y otra y otra vez por aquella puerta blanca que no se abría, por que no me animaba a tocarla.

Te esperaba antes de entrar al colegio para que me acompañes y le digas al oído mi nombre. Pero nada. No se te daba la gana de venir. Una tortura esperar hasta que sonaba el timbre de la formación para verla y escuchar si le habías dicho algo la noche anterior.

Te dejaba mensajes en los cuadernos que a veces me pedía prestado y que, justo por eso, escribía con mi mejor letra. ¿Nunca viste como subrayaba los títulos y le ponía otro color a los textos importantes?

Pensé que estabas cerca cuando me dijo que iría a mi cumpleaños, pero nada… llegó con su hermana y aunque hablamos mucho, me di cuenta que no, que no te dignaste aparecer.

Sabía que podías estar mirando Cupido, cuando en los recreos los demás chicos se ponían en plan de “mírame que soy mas osado que el resto” ante tus ojos y yo permanecía formalito esperando una sonrisa de aceptación de tu parte. Pero ¿por qué sólo mirabas y no decías nada?

La misma pregunta se repitió un año completo. Un año buscándote y sin saber dónde te habías ido. Cupido del mal, niño malo. Cupido ¿dónde te habías metido?

El última día de clases tuve la respuesta cuando al despedirnos me dijo: te espero este verano en casa, a ver si ahora sí, como dice mi mamá, te atreves a tocar la puerta.

¡Eso era!. Me estabas esperando Cupido, detrás de esa puerta blanca…

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