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Cuando te vi por primera vez, mi corazón latía tan fuerte que se me salia del pecho. No eran los flechazos inútiles de un cupido que se esfuerza por hacernos la vida a cuadritos cuando en realidad es a círculitos -por eso de que todo en esta vida da vueltas- sino que había llegado de una bicicleteada que organizaba Sears, que luego se convertiría en Saga (Saga es Sears – Sears es Saga nos martilleaba la televisión y la radio) que desde el Óvalo Higuereta me llevo hasta el Centro de Lima y de regreso. Lo cierto es que te vi y el eco de mis latidos quedó flotando en el aire, mientras avanzabas despacio, mirando hacia atras como quién dice sígueme. Te me quedaste grabada en la retina como la chica de la bici, la de polo amarillo que me está mirando.

Cada tarde al regresar a casa me cambiaba al toque para subirme a la bici y salir -un rato nada mas- a dar vueltas y mas vueltas por tu cuadra, pera que vieras como dominaba el arte de manejar sin manos una Peugeot color gris. Nos encontramos en una panadería, y es por eso que cuando te recuerdo vienen a miente el olor de pan francés recién horneado con el aroma del perfume cítrico suave, muy suave de tus cabellos negros.

Salíamos a pasear juntos muchas tardes. Una vez se salió la cadena de tu bici y paramos para arreglarla. Nuestras manos se rozaron y pude sentir la piel suave, tu calor. Pude sentir los vellos de nuestras manos erizados por la emoción de tocarnos en un instante que pareció eterno pero que no duró mas que breves eternos segundos. Aquella piel que se doraba por el sol de nuestras tardes de paseos cada vez mas lejanos, cada vez mas en silencio, cada vez mas compenetrados.

Cuando nos sentábamos a descansar me quedaba escuchando el mundo. Los parques de Chama eran muy silenciosos y podíamos pasar un tiempo indefinido tirados tirados en el pasto escuchando hasta el sonido de los platos que se lavaban en las casas vecinas. Pero no era ese el sonido que recuerdo. Sino el timbre de tu voz, la modulación de los sonidos que hacen tu risa, aquella que nos perseguía mientras corríamos luego de tocar los timbres de las casas de toda la cuadra.

No pude presentir que partirías pronto. Que esas tardes se acabarían para siempre y que en la distancia del tiempo tendría solo el recuerdo de los tantos besos que quisimos darnos y nunca nos dimos… me quedó pendiente probar el sabor de tus besos, los cuales imaginaba dulces, suaves con sabor a canela.

Tuvieron que pasar algunos años y mucha vida para vernos en aquel campamento. Tu estabas con tus amigos y yo con los míos… y fue una grata sorpresa dejarlos en sus asuntos y pasar la tarde y la noche con nuestros recuerdos previos. Nos reímos de nuestras travesuras, de nuestros juegos. De los Tic-Tac compartidos en nuestras locas carreras por Higuereta. De nuestros recuerdos y de nuestros sueños. Pensando que la vida a veces corre mas rápido de lo que uno puede darse cuenta.

Cuando al día siguiente se hizo la hora del almuerzo, nos fuimos caminando juntos hacia esos locales que aún venden ceviches y otros menjurjes. Tus gustos y los míos coincidieron una vez mas en un plato de ceviche con harto ají. Y cuando mis labios te besaron esa primera vez se marcaron con el fuego del picante y el ácido del limón. Fue un beso sin prisas. Un beso que nos transportó nuevamente al pasado. Un beso de despedida.

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