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Cada semana me preparo para ir a verte los domingo. Era una sensación rara el estar desde temprano pensando en cómo habrías pasado la semana.

¿Cómo nos conocimos? La verdad ni yo mismo me acuerdo cómo nos conocimos. Quizá nos presentó alguna de esas señoritas de blanco que caminaban por allí. O algún amigo mío de los de antes. Lo cierto es que nos conocimos y desde el primer momento congeniamos.

Viajo casi una hora y media en la “10”. Esa línea de color morado de autos con una edad incalculable que recorre media Lima para llegar a dónde vive. Desde Surco hasta Barrios Altos, pasando por Miraflores, San Isidro, Magdalena… hasta llegar al Cercado. El camino es largo, tedioso. Pero la recompensa es grande.

Al llegar voy saludando a todos y cada uno de mis amigos. Con algunos me quedo conversando un rato, escuchando una y otra vez las mismas historias…

– ¿Te conté de la guerra?.
– No Mario, ¿cuál guerra?.
– … la guerra hijo, la guerra… y seguían unos largos minutos de recuentos de batallas reales y ficticias en una de las cuales Mario perdió la pierna

– ¡Esta semana tampoco han venido a visitarme!
– ¿Cómo que no? Yo mismo soy José. ¡Cuéntame otra vez la historia de tu primer baile!… así puedo saber que hacer para enamorar mejor a las chicas, tu eres un experto.
– No, no, no muchacho.. tu estas muy joven todavía para esas cosas…

El tiempo avanza y ya llego a verte. Sé que aunque no me lo digas me estás esperando…

Tocó tímidamente la puerta de tu cuarto y paso. Ya estás lista, con tu cabello peinado en un moño pequeñito, todo recogido hacia atrás, en donde se mezclan los cabellos negros, grises y blancos que adornan tu cara. Esta vez, vencidos los temores de siempre, me reconoces, me das un abrazo y yo me dejo abrazar.

Leonor es mi amiga. Somos amigos desde hace varios meses. Desde la primera vez que llegué a visitar a los ancianos de San Vicente de Paul.

Me toma de las manos y dice:

– Tu vienes siempre, pero nadie mas viene a verme. Y como siempre me traes la alegría de tu conversación esta vez soy yo la que te ha preparado un regalo.
– No Leonor, no es necesario. Tu sabes que vengo porque me gusta conversar contigo, por que aprendo de cada cosa que dices. Tu vida es una experiencia que compartes conmigo. Yo sólo te escucho.
– He dicho que te tengo un regalo pero vas a tener que escuchar primero mi historia y luego te doy mi regalo
– Como desees…

Y me acomodo para escuchar una historia. Y es la historia de una mujer negra, nacida a principios de los mil novecientos, de madre negra y de un padre que solo le dejó el apellido extranjero y unos vivaces ojos grises. Es la historia de una niña que tuvo que trabajar siempre desde que amanecía hasta que anochecía y que aprendió a leer y a escribir a escondidas, porque una hija de los patrones le enseñaba a escondidas. Es la historia de una joven que se enamoró muy temprano de un apuesto muchacho de ojos verdes, hijo de hacendado, con el que planeaban fugas imposibles. Es la historia de una joven que se quedó esperando toda la noche en la puerta de la hacienda al joven que se iba a fugar con ella. Es la historia de una mujer que guardó ese amor que sentía en el fondo de sus recuerdos y que luego de muchos, muchos años, sentada en una cama en un asilo de ancianos, decidió que era momento de contarlos. Es la historia de una mujer que hace poesía, pero que nadie lee porque, según dice: “quién le va a hacer caso a una negra escritora de poemas”.

Nos quedamos en silencio algunos instantes. Ella sabe que yo le creo y sabe también la pregunta que me queda en los labios.

– Si, si. Te voy a decir mis poemas. Te voy a enseñar uno cada semana que vengas. Ese es mi regalo.
– Gracias Leonor. Me siento honrado.
– Somos amigos, y si me permitieran fumar aquí te invitaría uno para fumar juntos. Te he contado una historia que nadie, ni mis hijos (y he aqui que sus ojos pequeños pero brillantes se ensombrecen) saben. Ellos ya no vienen hace mucho tiempo. Me dejaron aqui y parece que han perdido la dirección y no recuerdan dónde me quedé. Pero seguro que la otra semana vienen.
– Cuando salgamos de aquí te invito un cigarrillo.

Su mano toma mi mano y me regala una sonrisa.

– Anota…

Pienso que va a buscar sus notas, pero me vuelve a sorprender. Leonor guarda sus poemas en donde nadie los puede encontrar. En sus propios recuerdos. En su mente.

La Sombra

Quisiera poder ser
la sombra de tus pasos
para seguirte siempre
y estar dónde tu estás
y ser también el aire
para darte mis besos
suaves como si fueran
la brisa del mar

Eso quisiera ser
la sombra y la brisa
y acariciar tu boca
sin que me puedas ver.
Mirar tus lindos ojos
deleitarme en tu sonrisa
y ser yo la esclava
de todo tu querer

De noche hasta tu alcoba
estar junto a tu lecho
y al enfrentarme al sueño
sobre tu pecho dormir
para esperar con ansias
el calor de tu aliento
y le des el alivio
a mi eterno sufrir

Llorar cuando tu llores
reir cuando tu rias
gozas tus alegrías
y tus penas sentir.
Y ser como dos almas
en una sola vida
para que cuando mueras
los dos juntos morir
[Leonor Narducci]

– Escribes muy bonito Leonor. ¿Por qué nunca publicaste esto?
– Por que soy negra. Nací negra y moriré negra y nadie, nadie le hace caso a los negros.
– No digas eso…
– Es la verdad. Ahora ya. Demasiados recuerdos para una sola tarde.

Se vuelve a poner encima un chal de lana, se envuelve, se acurruca, se abriga, y se sienta a mirar hacia dentro de sus recuerdos. No quiero molestarla así que salgo en silencio y la dejo.

La semana se me hace terriblemente larga. Esperando nuevamente. Larga, muy larga. El tiempo pasa tan lento. despacio.

Se que aunque salga mas temprano de casa igual no voy a poder entrar antes, pero lo hago. Salgo mas temprano. Quiero escuchar mas de las historias de Leonor. Quiero sentir nuevamente su vida en sus poemas.

Fracaso de mi vida

Me he ausentado de mis lares
quizá para no volver
cansada de tanto engaño
y el terror de padecer

El hombre a quien quería
no me supo comprender
y hastiada de tanto engaño
le he negado mi querer

Un día inesperado
con valor y decisión
me propuse abandonarlo
y sin piedad lo dejé

Me perseguía en la mente
una fatal acechanza
y evité bien pronto
una vil y cruel venganza

Lejos de ese peligro
preferí la soledad
y escapé como el ave
buscando mi libertad

Porque la experiencia enseña
y es libro de nuestra vida
que cada hoja esta llena
de ingratitud y perfidia

Estos crueles desengaños
que a diario se experimentan
son fracasos de la vida
que tarde nos damos cuenta

Lo que en la vida es mas cierto
nunca lo echaré al olvido
y es que el ayer está muerto
y el mañana no ha nacido.
[Leonor Narducci]

Los ojos de Leonor cada día están mas tristes. Intuyo que las penas la agobian y los recuerdos desencadenados en estos poemas le hacen daño y reabren heridas que cerró hace mucho tiempo.

Pasan siete días larguísimos. Y aunque hago mis cosas normalmente, siempre se cuela Leonor en algún momento de esas horas para recordarme con su sonrisa que me espera el fin de semana.

Castigo de Amor

Hasta cuando seguiré así sufriendo
el castigo de pensar en tu cariño
lo que siento por ti es algo extraño
y reniego el haberte conocido.

Hay momentos en que a mi corazón le digo
olvídate de ese amor que te hace daño
y lo siento llorar como a un niño
pidiendo tu amor como un mendigo.

Por eso es que quisiera estar entre tus brazos
para juntar muy cerca tu corazón al mio
para que así escuchando sus latidos
calmes con tu amor el dolor de tu martirio

Doblega tu egoísmo a tu nobleza
y dale a mi corazón esa alegría
para que pueda vivir con la esperanza
de que llegue a ser tuya algún día.
[Leonor Narducci]

Estoy listo. Nuevamente otro domingo parado a la entrada de tu casa. Pero no me dejan entrar. Me dice el encargado que hay una huelga y que nadie puede entrar. Por mas que intento y hablo y lucho y porfío, no paso de la puerta. La orden es clara: nadie entra.

Me voy resignado a casa. Y preocupado porque la siguiente semana tengo exámenes y no podré venir y serán tres semanas que no pueda conversar contigo.

Ha pasado un mes y recién me permiten entrar. A pesar de mis exámenes me pasé por tu puerta y no me dejaron entrar. Regresé la siguiente semana y tampoco me dejaron entrar. No entiendo como la gente puede ser tan insensible. “Solo familiares” reza el cartel en la puerta. Yo no puedo demostrar que soy familia, pero es que el 80% de los ancianos del asilo no tienen familia o nunca vienen a visitarlos. Pero me siento familia tuya. Leonor, estoy aquí afuera.

Esta semana le he traído a Leonor algo que escribí, un pequeño cuento de unas páginas, para que lo podamos leer juntos y me diga que le parece.

Paso rápido y saludo al paso a mis amigos. Mario me mira y le escucho a mis espaldas decir que me espera para contarme de cuando perdió la pierna. Me doy la vuelta y le digo que sí, que me espere un momento, que esa historia no me la ha contado y que me interesa.

Toco la puerta y paso con una sonrisa. Pero Leonor no está. Le pregunto a la encargada de la sala y me dice que efectivamente se ha marchado.

– ¿Vinieron sus hijos?
– No. Ella falleció hace unos días.

Me siento en la desvencijada cama y lágrimas corren por mis mejillas. como corren ahora al recordarla. Dejo el cuento debajo de lo que fue su almohada y salgo. Leonor no se ha ido. Se ha quedado conmigo en los tres poemas que me regaló.

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