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Mamá me ha traído de la mano a una fiesta. Una fiesta que no es a las que estoy acostumbrado en mi familia. Una fiesta donde hay muchos niños y niñas de mi edad.

Destaca en medio del salón una adorable niña con un vestido corto, como dicta la moda, que baila un extraño ritmo llamado Go-Go (extraño para alguien como yo acostumbrado a despertar entre boleros).

Me gusta como baila, me gusta como se mueve. Me llama mucho la atención su desenvoltura. Pero hay algo que no me deja estar tranquilo: su cerquillo, adorable por cierto, le tapa los ojos.

Tímido como soy, pasó un buen rato antes que me decidiera a dar unas vueltas por el salón de la casa, acercarme a la mesa a probar las golosinas y las gelatinas de todos los colores que estaban acompañando una gran torta.

Y si, pasa como en las películas, que los dos, la niña del baile y yo, nos encontramos agarrando el mismo vaso de gelatina. Ella me mira y yo la miro, y graciosamente se sopla el cerquillo. Su mirada en la mia desencadena que me ponga rojo como un tomate.

-No te preocupes, podemos compartir…
-Gracias
-Nosotros nos acabamos de mudar
-Yo vine con mi mamá y mi hermana
-Si te vi

La conversación continuo en asuntos de chicos, pero lo que mas me atraía era la forma en la que al sonreír sus ojos sonreían con ella.

– ¿Qué es lo que pasa?
– No quiero decirte
– Mirame a los ojos y sabré lo que pasa
– No puedo. Estoy muy triste.

Solo te abracé en ese momento. No quedaba mucho por hacer mas que esperar.

Caía la tarde y caminábamos tomados de la mano. Inquieto por no saber lo que pasaba, aunque intuyendo el desenlace. Nos detuvimos donde siempre. El mismo puente. La estatua de la libertad nos daba la espalda. El río Sena acompañaba la tristeza del momento en el ambiente.

Tomé tu rostro cabizbajo y levanté tu barbilla buscando la mirada que me dijera lo que no quería saber. Tus ojos y los míos se llenaron de lágrimas sin que se haya dicho una sola palabra.

– Te vas ¿no es verdad?
– Si. Partimos este fin de semana
– ¿Y no sabes cuando vas a regresar?
– Quizá no regresemos

¿Cuánto tiempo pasó sin que digamos algo? Sin palabras, solo tus ojos en los míos y los míos en los tuyos. Nos dijimos así todo lo que nos teníamos que decir. Tus ojos sonrieron cuando nos conocimos, tus ojos hablaron de amor una tarde, tus ojos también dijeron del inevitable adiós. Un adiós sin palabras.

No tenías que decirme nada. Después de que el médico confirmó el diagnóstico nos quedamos un rato en silencio. Tenías ese miedo en la mirada. Y yo no tenía palabras suficientes para el consuelo.

Pero tu supiste papá que estaba contigo. Que estábamos juntos en lo que viniera. Que no habría cáncer que nos detenga. Que te detenga.

Luchaste valientemente. Soportaste estoico esas sesiones de quimioterapia. Habían días en los que simplemente cruzábamos la mirada y me decías en silencio ¡sácame de aquí!. Y yo te hacía el guiño de siempre, mientras te acomodaba la frazada en las piernas para que no tuvieras frío. Te levantaste muchas veces sin miedo. Siempre sonriente. Y al tomar desayuno juntos, en ese silencio cómplice nos decíamos muchas cosas y tomábamos valor para emprender el día.

Por eso sería que luego, ya no necesitábamos mas que cruzar miradas para saber como te sentías. Tu voz se fue apagando, pero seguías siendo el mismo cada mañana al verte a los ojos. La misma sonrisa, la misma lucha, el valor.

Por eso mismo pude escuchar muchas veces los “te quiero hijo” que tu formación militar no te dejaba expresar en palabras. Por eso sé también que cada vez que yo tenía que viajar por el trabajo era una despedida adelantada, “por si parto antes que regreses”.

Por eso fue que a pesar, del dolor de tu partida en todos estos años transcurridos, todavía puedo verte sonreír como siempre a través de tus ojos.

– ¡Apaga la luz! No puedo hacerlo con la luz encendida. Me da vergüenza.

No pregunté nunca el porqué. Será que intuía que su mirada delataría lo que realmente sentía. O sentíamos.

Esos eran momentos para las sensaciones. Las emociones debían quedar a un lado. Era nuestro acuerdo. Tácito acuerdo. Acuerdo que se forjó después de bailotear largo rato en alguna de los sitios de moda de aquel entonces en la Av. La Marina. Tomados de la mano después de la última salsa nos miramos y sentimos la urgencia de nuestros cuerpos.

Todo fue de esa forma. Baile en la pista, seguido de otro baile en la habitación de un hotel, a oscuras. Siempre.

Baile con desenfado. Según el ritmo que pudieran tocar. Generalmente, casi siempre, salsa. Sería que la salsa alimentaba la necesidad de dos cuerpos de tocarse, de sentirse. Ocasionalmente una mirada cruzada indicaba el momento de partir. El tiempo se hacía corto.

Y al llegar un beso y luego… luego la oscuridad. No es posible ver lo que pasa en los ojos de ella con la luz apagada.

Será por eso que nunca descubrimos que mas pudo haber pasado si encendíamos la luz. Nos quedábamos con la pregunta siempre a flor de piel. Hasta la siguiente vez. Hasta la última vez. Nunca prendimos la luz. Pero cerramos la puerta para siempre.

– Te voy a esperar. Lo que sea necesario esperar. Y sabré tu respuesta cuando me la diga tu mirada. (enter)
– ¿Cómo sabré? (enter)
– Tu corazón me lo va a decir, asomado a la ventana de tus ojos (enter)

Y así fue que tuvieron que pasar varias lunas antes de poder sentarnos por primera vez a conversar. Y así fue que la primera cosa que hice al verte fue mirarte directamente a los ojos. Ellos me dijeron lo que ya sabía. La respuesta a una gran espera.

Las palabras son solo palabras. Se las lleva el viento. Se dicen porque se tienen que decir. O se desparraman sin control. Puedes jurar cien mil “te quiero”, un millón de “te amo”, pero que no valen nada en tanto no salen de lo profundo del corazón. ¿Cuántas veces no me ha pasado lo mismo?

Por eso, al mirarte a los ojos supe que estaba pasando. Que la historia que empezábamos a escribir era nueva. Completamente diferente. Común en sus raíces. Separadas por la distancia y el tiempo. Unidas nuevamente en un tronco podado un par de veces, pero verde y con ganas de crecer.

Puedo ver en tus ojos los míos. Y puedo ver que las cosas son maravillosas. Que cada despertar me puedo ver en ti. Que cada noche, prendida o apagada la luz, resplandece el amor.

Nuestras miradas hablan, se rien, se tocan, se aman. Se poseen. Se complementan. Son amigas, cómplices, testigos.

Me estaba perdiendo de tantas cosas. Hasta que te miré a los ojos.

regarde-moi

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