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Sentado esperando a que la ropa se termine de lavar me siento a meditar las tantas veces que me he quedado aguardando a que algo suceda.

Como cuando escribí una carta de amor por vez primera: las emociones fueron tan fuertes que aún las recuerdo. Primero, el tomar valor para escribir. Segundo, buscar las palabras precisas, justas, adecuadas, convenientes. Tercero, encontrar el papel que pudiera contener las frases de amor; no podía ser cualquier papel. Cuarto, decidir que no podía seguir gastando ese papel y hacer un borrador y luego transcribir lo escrito. Quinto, preparar el momento para entregar la carta. Sexto, dejar pasar una semana antes de la entrega mientras tomaba el valor. Séptimo, esperar la respuesta – como quien mira que la máquina termine de lavar la ropa. Mala idea, la respuesta demoró en llegar mucho tiempo, mucho mas años de los que estaba dispuesto a esperar.

O como aquella vez que no lograba entender las señales: una mirada, una sonrisa, una palabra puede significar mucho para un adolescente enamorado. Pero sin el “diccionario” correcto, no significan nada. Caminábamos de arriba para abajo. Salíamos juntos en los recreos, el de la mañana y el de la tarde. Conversábamos de todo un poco. De ti, de mi, de las cosas. Del amor. Sabía que en algún momento tenía que decirte las cosas de frente. Pero estaba “esperando”. Y mientras tanto el tiempo iba pasando. Antes no teníamos tanto contacto después de la escuela. Sin facebook, sin twitter, sin tumblr, sin instagram, sin SMS, sin whatsapp… en fin sin internet y con teléfonos públicos era difícil comunicarnos mas seguido y teníamos que esperar al día siguiente. Y mas aún si vivíamos lejos. Así que mientras yo sólo podía verte en el colegio, alguien mas podía verte en el barrio (como finalmente sucedió). Las señales estuvieron allí desde el principio. Pero nunca las descifré sino años después cuando, ya con un recorrido a cuestas y algunos rasguños de caminar en la vida, me dijiste que sí que estabas enamorada de mi pero que, tonto tu, nunca te diste cuenta.

No todo en esta vida es esperar por el amor… a veces también es esperar porque las cosas cambien. Como cuando la enfermedad de mi papá. Seguimos el tratamiento juntos, con mucho entusiasmo. Íbamos juntos al hospital por sus quimioterapias. Caminábamos de regreso a casa luego de algún almuerzo en el mercado. Conversábamos de cosas que no pudimos conversar cuando estaba yo mas chico. Resolvimos problemas, limamos asperezas. Y yo seguía esperando. Esperaba resultados de análisis. Esperaba que la enfermedad desapareciera. Ya no estaba en mis manos esta vez, y creo que por eso la espera es mas dura. Sin embargo, emprendiste el viaje y ahora tengo que seguir esperando. Mi vuelo para volver a verte creo que todavía va a demorar un poco mas. Paciencia.

A veces esperar se convierte en el pan de cada día: Esperar por un pedido de eBay con un regalo para una fecha específica. Esperar el repuesto del gas cuando tienes un pastel en el horno. Esperar que el helado casero esté listo (o siendo mas chico, los marcianos de fresa, lucuma, coco o chocolate de mamá). Esperar por algo que anhelas. Esperar por un beso. Esperar por un abrazo. Esperar por el regreso de ese familiar que está lejos. Esperar por el nacimiento de un hijo. Esperar por el nacimiento del otro. Esperar por la curación de un amiga, por la sanación de un pariente. Esperar que suelde un hueso o un tendón roto. Esperar por análisis médicos. Esperar por las notas de un exámen. Esperar por el resultado de la sustentación de tesis. Esperar por el AMOR. Esperar por la felicidad. Aunque en estos dos últimos casos diría que la vida no es esperar a que la máquina termine de lavar la ropa por ti, a veces, tienes que ponerte tu mismo a lavarla a mano.

laundry

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