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En un tiempo donde las propinas se ganaban trabajando tenía que aprovechar mis habilidades para las ciencias. Y la única manera de ganar dinero con las ciencias era enseñando. Así es que empecé a enseñar.

No era que me disgustase ganar algo extra haciendo trabajos para otros, porque a veces lo hacía. Pero era mucho mas retador enseñar. Aprender para enseñar.

Primero. Hay que aprenderse las fórmulas básicas:

(a + b)² = a² + 2ab + b²

(a + b + c)² = a² + b² + c² + 2(ab + bc + ca)

(todavía hoy puedo recordar muchas de estas fórmulas)

El manual: pues el Baldor. Ah los famosos libros de Aritmética y Álgebra de Baldor.

Después de dominar el Baldor, viene conseguir los alumnos.

Esta es la parte mas difícil. Comencé dando algunas clases gratis, para demostrarme a mi mismo que podía hacerlo y que mis futuros alumnos me podrían entender. Luego, gracias a mi madre, conseguí mi primera alumna. Y empezamos. Resulta que esta alumna estaba en el mismo año que yo, pero en otro colegio. Así que tenía casi mi misma edad.

Llegó una tarde acompañada de su mamá, quién resultó ser amiga de mi madre. Y no fue una clase para nada normal. Mientras nosotros estábamos en la mesa del comedor, ellas se quedaron en los muebles de la sala conversando (¿vigilando?).

En la primera media hora hablamos de muchas cosas. De lo que le gustaba, de lo que me gustaba. De lo mucho que odiaba las matemáticas, de lo que a mi me gustaban. De su colegio, del mio… hasta que bueno, me di cuenta que era el profesor y tenía que enseñar.

Empezamos a ver sus tareas. Y definitivamente reconocí que en el Manuel Polo Jimenez nos exigían mas que otros colegios. Avanzamos cerca del 80% de los problemas. Y al final conversé con su mamá en lo que yo creía que le faltaba y en lo que necesitabamos profundizar. Quedamos en 3 clases de 2 horas a la semana. ¡Bien! Ya estaba sintiendo el dinero en los bolsillos.

Al terminar ella regresó y me dió un beso en la mejilla y me dejó un papelito con su teléfono… “por si tenía alguna duda”. Yo muy amablemente te escribí el mío en la parte de atrás de su cuaderno: 49 03 33.

La siguiente semana todo empezó muy bien. Hacíamos las clases, avanzábamos las tareas, terminábamos los ejercicios.

Para la segunda semana ella ya no prestaba atención. Mientras yo muy académico teorizaba con las fórmulas y los porcentajes, ella solo me miraba atentamente (y yo pensando que era prestando atención). Y cuando ella estaba tratando de hacer los ejercicios yo la empecé a mirar también. (para ver si resolvía los problemas bien)

Para la tercera semana nos habíamos cambiado de sitio. Yo sentado ya no frente a ella en la mesa, sino en la silla del costado. Y para esa semana también empezaron las llamadas telefónicas.

– César tengo un problema que no me sale. ¿Me ayudas?
– Si claro, de que se trata
– Es que estoy atrapada en un problema y no tengo forma de hacerlo caminar
– Tienes que mirar el problema completo. No solo las partes. Hay que analizar todo … ¿de qué se trata?
– Antes que te cuente, ¿viste el programa de anoche?
– Si pero no me gustó mucho, me puse a escuchar música
– Dicen que hay una radio nueva que se llama Studio92…
– ¿Ah si? ¿En que estación?

La conversación del problema de matemáticas se convirtió en la conversación de la música y las canciones y las cosas que nos gustaría hacer.

Y como las conversaciones se quedaban pendientes, al empezar las siguientes clases nos tomábamos un tiempo para ponernos al día.

Bueno, al final del mes, sacó buenas notas. Tan buenas que no tuve mas remedio que invitarla a salir. Total, después de todo era yo un profesor responsable y en término de fórmulas, aún no había descubierto la fórmula del amor.

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