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¿Cuántas veces lo intenté? ¿Una,  cinco,  cien? La verdad es que he perdido la cuenta. La idea empezaba a tomar forma en mi cabeza,  podía ver los giros de las frases,  las palabras sueltas. Podía sentir las emociones que esas palabras transmiten. Olía la lluvia en el pasto. Sentía el calor del sol andino en la piel. Podía verte sonriendo y escuchar tu sonrisa muy dentro mio. Podía sentir el roce de tu piel. Podía tantas cosas…

Entonces me dije: hagamos que de alguna manera tu sientas cuanto yo siento. Te escribiré mil cartas y te mandaré muchas más notas. Sabrás así cuanto es lo que anhelo y espero,  lo que quiero y deseo. Cuanto amo. Cuanto te amo.

Encendí las velas de mi habitación. Busqué entre la ruma de papeles los pliegos más blancos. Tome la pluma y la tinta y la arenilla.

Pero mis manos desaparecieron. Mis dedos no sentían el peso de la pluma. Las palabras no fluian desde la cabeza a la mano. Pasaban antes por el corazón. Y este loco cobraba el peaje a las ideas, a los pensamientos. No los dejaba pasar porque nada de lo que pensara le parecía adecuado. Que si la piel no era más tersa,  que si el color era más acentuado, que si los dientes más lindos,  que si la voz más dulce aun… Y los sentimientos se los quedaba para él.

Por eso vivo solo pensando en ti. Por eso es que no hay cartas ni notas. Por eso es que cada mañana me asomo al balcón en la Plaza Mayor para verte pasar camino de la iglesia. Para seguir viviendo la vida y el amor sin manos…

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