A mamá puedo decirle te amo, porque es mamá

Cuando ya estás por la mitad del camino andado a veces te detienes para ver atrás y recordar aquellas partes donde muchas veces te esperaba sentado el amor, leyendo cartas. 

 

Siempre fui tímido. O al menos, fui tímido durante una gran parte de mi niñez, adolescencia y juventud. Por lo mismo, me era mas fácil leer y leer y leer muchos libros, escribir muchas historias y memorizar tantas canciones (sobre todo boleros) y recordar muchas melodías (mas que otras el jazz) .

Ahora, ser tímido no significa que no interactuara con persona alguna, que no tuviera amigos (que los tenía) y tampoco que no pudiera enamorarme de alguien. Lo que traía consigo era una enorme dificultad para poder decirle a esa persona, dueña de mis suspiros, mis sentimientos cara a cara.


La primera vez que me tuve que plantar frente a alguien a decirle que me gustaba fue como a las 12 años.

En realidad no lo tuve que decir. Empezó como un juego en el salón de clases. Sentadas cuatro personas al final de la fila en el susodicho salón, una hora antes del recreo del mediodía y sin tener mas tareas por completar, empezamos a jugar a las preguntas:

– ¿Qué es lo que te gusta mas comer?

Arroz con pollo

– ¿Cuál es tu color favorito?

Azul

– ¿Tienes mascotas?

No

– ¿Cómo se llama tu mejor amigo?

Fernando.

– ¿Te gusta alguien del salón?

Si

– ¿Cómo se llama?

ehhhh

Y ya yo sentia como el calor en mi cara iba en aumento. Lo que significaba que me estaba poniendo colorado como un tomate maduro.

– Ya pues… ¿cómo se llama?

Nada. Silencio.

Y como las niñas son mas despiertas que los niños a esa edad decidieron una aproximación menos directa

– ¿En que fila se sienta?

En la tercera

– ¿En la tercera adelante o atras?

Atras

De un golpe habian descartado de los treinta y dos del salon a veintiocho, y sólo quedaban dos opciones: o me gustaba la niña que estaba preguntado, o me gustaba la niña que no estaba preguntando. Lo que hizo las cosas mas faciles fue que la que preguntaba ya habia dicho que esta de enamorada con alguien por lo que mi última respuesta fue como si gritara el nombre de quien me gustaba.

Estando mas grande ya no podía esperar jugar a las preguntas. Asi que en las tardes o en las noches  luego de hacer todas mis tareas, me ponía a escribirle cartas a la chica de mis sueños. Claro que tenía nombre y apellido. Y claro que estudiabamos juntos en el colegio. Pero cuando ya no teniamos que hablar de matemáticas ni de lenguaje, y me empezaba a poner rojo (y mudo) otra vez, se terminaba la magia. Me imagino, ahora en retrospectiva, que esas debieron ser las cartas mas cursis de la historia… claro, con doce, trece o catorce años y la cabeza llena de Vallejo, Neruda, Mistral, Chocano, Heraud el producto final debio ser pues una Cantinflada amorosa. Cartas que nunca fueron enviadas a su destinatario. Cartas cuyas respuestas solo existian en mi imaginacion. Cartas que ahora moran en el rincón de los poetas muertos.

Luego se puso mejor cuando, por las vueltas de la vida, a papá lo mandaron al extranjero y con él partimos todos. Ahora había aprendido un idioma nuevo. el idioma que dicen todos, es el idioma del amor: ¡francés!.


Algo tiene que tener ese idioma porque durante un año pude mantener conversaciones con muchas francesas, españolas, iranies y venezolanas sin tener verguenza ni la cara colorada. Y claro que me fue bien ese año también. Aprendí cosas nuevas, aprendí a valorar mucho mas a mis padres, aprendí a que si quieres algo tienes que esforzarte por conseguirlo, y aprendí a que puedes tener un amor adolescente que te prepara para lo mejor que viene después. Digamos que gracias a los aires parisinos, la declaración de amor no tuvo nada de tinta y papel pero si mucho de saber que solo duraría unos meses. Un acuerdo tácito entre dos personas que no son responsables de sus destinos y que saben que estarán donde sea que sus padres los lleven. Ella se fue primero, yo me fui después. Sólo quedó la música en forma de guitarra, pero eso también partiría a otros rumbos.

De regreso en tierras incas, este joven enamoradizo, vuelve a las andadas. Siguió escribiendo terminando el colegio cartas mas largas, con mas sentimientos, con mas deseos de amar, pero con la misma voluntad para entregarlas… o sea ninguna. También pude escribir por encargo. Nunca hubiera creido que podía haberlo hecho, pero las cosas resultaron de esa forma. Y bueno, escribir es escribir, aunque nunca pregunté el destino de esas misivas por encargo. Yo creo que muchas de ellas llegaron a destino. Es bueno saber que, en algun momento del tiempo, algunas letras formaron palabras y estas palabras movieron el corazón de algunas personas, que luego se amaron.

Ya han pasado varios años luego de la aventura europea y ahora, ya en la universidad, empieza a darse cuenta que está enamorado de alguien que está en el colegio (en el ultimo año, para los que quieran saber), que tiene un padre celosísimo y que, encima de todo ello, vive en un pais con toque de queda. Mmm. Pues a volver a escribir. Y en las noches, a partir de las 10:00 PM, empezaba mi periplo de aprendiz de escritor. Cartas largas, cartas cortas, cartas que parecian hojas de un diario personal, cartas que al final nunca llegaron a destino. Alguna vez, después de mas de tres lustros de estar guardadas vieron la luz nuevamente. Se desempolvaron de un viejo cajón en una mudanza y trajeron recuerdos de épocas en las que, a pesar de la turbulencia politica y económica que vivia el país, la vida era mucho mas sencilla. Y puedo decir que la amistad tiene formas de viajar en el tiempo.

Mas años, mas universidad, mas cartas. Un diario que empecé a escribir mucho tiempo ahora era guardian de esas misivas. Algunas escritas a mi mismo, cartas escritas a ella o ellas. Una sola de ellas fue enviada a través de un mensajero personal. Llegó a destino pero no tuvo respuesta. Asi empecé a entender que para poder declarar algo, tiene que salir de tu boca y para que sea sincero, tiene que salir de tu corazón.

Al principio no fue facil. Pero, vistas las cosas desde la perspectiva que te da la experiencia, creo que fue lo mejor que pude hacer. Cambiar cartas por conversaciones. Largas y profundas. Algunas cortas y tristes. Otras llenas de esperanza. Todas con mucho sentimiento. Se aprende de esta forma a ser empático. Se aprende a sentir, y también se aprende a superar el sufrir. Se aprende a escuchar, se aprende a entender.

Aún queda camino por recorrer… muchas cartas que escribir y mucho mas por hacer, y por decir. 


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